Ojos en un Recuerdo

Capítulo 30: Diciembre, 2025

December 2025 13 min de lectura 2406 palabras

Nueve Ramas

Once años después

Diciembre de 2025. Afuera hace frío. De ese que te limpia la cara y te obliga a despertar.

Once años después, sigo pensando en aquel chaval de veintiuno que cogió un vuelo a Lübeck sin entender lo que iba a costar. No hablo del idioma —un inglés para sobrevivir y nada de alemán—. Hablo de todo lo demás: la soledad, el miedo, la libertad, las personas que te salvan sin saberlo.

No era valentía. Era urgencia.

Me fui de mi ciudad porque quedarme ya no era una opción. No había futuro allí. Solo un pasado que necesitaba olvidar. Y Alemania, entonces, era una puerta que no podía dejar pasar.

En Lübeck estuve seis meses trabajando por trescientos euros al mes. Tiraba de los ahorros de mi trabajo en Murcia.

Pobre, pero feliz.

Conociendo gente estupenda, buscando cada rincón para aprender, expandir horizontes, practicar idiomas.

Tras esos primeros meses decidí que tenía que moverme. La empresa donde empecé era la típica que te pagaba lo mínimo para explotarte al máximo, con tecnologías obsoletas. Sentía que si no me movía, acabaría volviéndome obsoleto yo también.

Así que, tras tres meses de búsqueda intensa, encontré trabajo en Berlín y me mudé con lo que tenía. Los primeros días dormí en el sofá de Alberto y Maricarmen, unos amigos del pueblo del coro donde estuve un verano años antes.

De ahí en adelante, todo fue aventura. A una velocidad que nunca hubiera imaginado si no hubiera salido de mi ciudad.

En 2015 empecé a escribir como forma de comunicarme con mis hermanos en la distancia. Lo que comenzó como pensamientos sueltos terminó convirtiéndose en un diario de dos años.

Escribí en abril: «Echo de menos a mi familia. Aunque los veré en menos de treinta días, estoy empezando a hacerme a la idea de verlos dos veces al año. Y, la verdad, se hace complicado. Ser el mayor de toda una tropa hace que, sin pretenderlo, uno sea responsable. Necesitamos ser ejemplos».

Once años después, esas palabras siguen siendo ciertas. Nos vemos una o dos veces al año: en Navidad y en las fiestas de mayo. He aprendido a saborear cada minuto cuando estamos juntos. No siempre es fácil. Pero el tiempo es el último igualador; da igual el color de las prendas ideológicas o políticas. Lo que más valoro es el esfuerzo, el ahorro, el trabajo duro. Eso nos enseña a apreciar lo que conseguimos.

Nueve empresas diferentes. Siete de ellas en Alemania. He tropezado y me he levantado, siempre desde la cordura sin llegar a disparates.

He conseguido crecer tanto en lo personal como en lo profesional, abriendo todo tipo de horizontes. Estoy orgulloso de la persona en la que me he convertido.

Pero nada de esto tendría sentido sin vosotros.

Y para entender el presente, a veces hay que mirar al pasado. Aunque duela.


De donde venimos

No voy a mentir: tuvimos una juventud complicada. Una juventud que dejó marcas en todos nosotros. Cada uno las lleva a su manera, algunas más visibles que otras.

Pero aquí seguimos. De pie.

Mamá se fue demasiado pronto.

Cincuenta y ocho años tendría hoy. Cuarenta y nueve cuando escribí «Números», aquel 25 de mayo de 2016. Treinta y siete cuando se fue.

Yo tenía once años.

No recuerdo cuándo fue la última vez que dije «mamá». Solo recuerdo su pelo rizado y su amable sonrisa tras el marco de la puerta a altas horas de la noche. Sin tiempo para despedirse. Sin tiempo para nada.

Papá se quedó solo con ocho críos. La hermana mayor tenía trece años. Y la menor, dos semanas.

La vida le obligó a tirar para adelante como pudo. Y lo hizo. No siempre bien, pero lo hizo.

Años después llegó el castillo. Aquel dúplex donde los siete acabamos relegados al garaje, cual patio trasero. Con cerrojo en la puerta. Prohibido subir a las habitaciones principales salvo para comer o dormir.

Las disputas. Los enfrentamientos. Las tempestades.

Maricarmen fue enviada a estudiar lejos. Yo era el siguiente objetivo. Papá desbordado sin saber qué hacer.

Aquello fue un infierno del que apenas quiero acordarme.

Hasta que un día volvimos al piso donde nos habíamos criado con mamá. Nuestra casa. ¿Sabéis qué es despertarte un fin de semana, ver que es de día y que está lloviendo, y poder quedarte en la cama? Un recuerdo de alegría que jamás olvidaré.

Pero eso ya lo sabéis. Lo vivisteis conmigo. Apenas guardo recuerdos claros de aquellos años de adolescencia. Mi mente hizo bien su trabajo: borró cuanto pudo para ayudarme a sanar. Quizá algún día vuelvan. Quizá sea mejor que no.

Papá, nuestra relación fue difícil.

La época y el contexto en los que nos tocó vivir y enfrentarnos no nos ayudaron. Hubo años de silencio, de rencor acumulado, de palabras que no se dijeron y otras que se dijeron de más.

Pero a día de hoy la situación parece haberse tranquilizado. Llegamos a perdonarnos. Volvemos a hablarnos de vez en cuando. Y eso, después de todo lo vivido, es más de lo que muchos consiguen.

No es perfecto, pero es real. Y lo real tiene más valor que cualquier ideal imposible.

De un pasado tan turbio, me siento afortunado de no haber acabado en ningún otro camino que no sea este: el mío. Y cuando digo «el mío», me refiero al nuestro. Porque todos venimos del mismo sitio, de las mismas paredes, del mismo cielo de Caravaca.


Nueve ramas

Ocho hermanos del mismo padre y de la misma madre. Ocho ramas que crecieron juntas. Y una novena que vino después. Nueve en total. Del mismo árbol, cada una buscando su propio sol.

Maricarmen, la hermana mayor, que tuvo que aprender a ser mamá bien temprano. Cuando pudo, se enganchó a tierras belgas y allí está ahora, con dos hijos y un futuro por hacer.

Nunca le agradecí lo suficiente por aquellos años en los que cargó con responsabilidades que no le correspondían. Era una niña que cuidaba a niños. Y lo hizo lo mejor que pudo.

Ahora le toca construir su vida. La que eligió. La que se merece.

Juan, quizá el que más ha sufrido. El pasado le jugó mala suerte y ha tenido que aprender a base de muchos palos. La vida ha sido especialmente injusta con él en muchos aspectos.

Y yo también lo fui. De pequeños era abusón con él. Le hice daño y eso es algo que llevo conmigo.

Ojalá sepa perdonarme. Ojalá no se le olvide que estoy aquí para lo que necesite.

Por suerte, desde hace bien poco, encontró su lugar. Lo tiene aún todo por delante. Pocos tienen la capacidad de levantarse después de caer tantas veces.

Jesús, el que parece de temperamento más tranquilo. Aprendió a sobrepasar las tempestades del castillo sin llamar demasiada atención. Me llena de orgullo ver quién es y en lo que se ha convertido: ponente en conferencias internacionales y una ayuda fundamental en los proyectos de código abierto que tenemos juntos.

Vivimos cerca en Berlín y verle de vez en cuando me recuerda lo que significa tener familia. Disfruto mucho cuando quedamos para dar paseos por parques inmensos, andando durante horas hasta que se va la luz.

Gracias por esos momentos. Hablar contigo en persona y saber que estás ahí es un regalo.

Ángel, el profesor de matemáticas. De los más inteligentes de la familia, sin lugar a dudas. De pequeño, sufrió una operación en la que perdió casi por completo un oído. Pero se superó, como siempre ha hecho.

Tranquilo, humilde, nunca le gustó llamar la atención. Y siempre está ahí cuando un hermano le necesita.

Y eso vale más que cualquier título.

Un claro ejemplo de compromiso y pasión por su trabajo. Supo aprovechar las oportunidades conforme le vinieron. La prueba de que el esfuerzo da estupendos frutos.

Lola, luchadora y sensible a partes iguales. Es imposible negar lo vivido, lo mal que lo pasó de niña. Ella es quizá una de quienes más difícil lo han tenido.

Pero hay que verla hoy.

Aunque tengamos pensamientos diferentes en algunos aspectos, podemos entendernos a la perfección cuando se trata de humanidad, de ayuda, de familia. Y eso es lo que vale.

De la niña que sufrió ha nacido una mujer que ayuda a otros a sufrir menos.

Eso es convertir el dolor en propósito.

Cosme, el pequeño que ahora programa como los grandes. También tuvo una infancia difícil sin comprender lo que ocurría ni lo que le rodeaba. Todos fuimos desapareciendo cuando aún era un niño. Esa falta de afecto dejó huella.

La empatía cuesta cuando, de pequeño, no la recibes. Pero está aprendiendo. Y eso es lo que cuenta.

Por suerte encontró la pasión donde yo también la encontré: en el software. Pude guiarle como hermano mayor, ayudarle con todo mi ser, así como lo hice con Jesús y luego haría con Juan.

Verle crecer profesionalmente ha sido una de mis mayores satisfacciones.

Anica, la más pequeña, la más lista. Ha sabido convertir la rabia en fuerza. Pilla y espabilada como pocas. Y pensar que no hace tanto odiaba el deporte…

Quizá fue mi pasión por el boxeo lo que conseguí transmitirle. Hoy es entrenadora de gimnasio, compite en halterofilia y corre diez kilómetros de vez en cuando.

Me emociona verla competir y ayudar a los demás. Disfruto mucho ir con ella a dar un paseo de hermanos o a hacer compras en Lidl.

Esos momentos sencillos valen mucho.

Transmitir pasión es una de las mejores herencias que uno puede legar. Y ella la ha hecho suya.

Y por último está Antonio. Otra rama, pero del mismo padre. Del mismo árbol al fin y al cabo.

Apenas nos hemos visto un par de veces en la vida. Tuvo la suerte de llegar cuando las aguas ya estaban más calmadas. Tiene toda la vida por delante para estudiar, crecer como profesional, y ser quien quiera ser.

Y si algún día le pica la curiosidad por aquellos pensamientos pasados, tiene un libro que publiqué en 2017 esperándole.

Nueve ramas buscando su propio sol. Nueve formas de sobrevivir al mismo pasado. Nueve maneras de seguir adelante.


Los chachos

Pero la familia no es solo los hermanos.

También están los que han estado ahí siempre, en lo bueno y en lo malo: los chachos de Caravaca. Mi tío Cosme y mi tía Angustias.

Siempre habéis estado ahí. Para mí y para todos mis hermanos. Para hablar. Para escuchar. Para decir lo que necesitábamos oír.

También estuvisteis en aquella época del castillo. No voy a entrar ahí. Solo quiero deciros que vuestro cariño en aquellos años me ayudó muchísimo.

Pero esta vez, prefiero quedarme con otro recuerdo.

Recuerdo cuando me echaron de mi primera empresa en Berlín, tras poco más de un año. De un día para otro. Algo me olía, pero no quería creerlo. Mirando atrás, yo también metí la pata más de una vez.

«Te adocenaste», me dijo el chacho Cosme por teléfono al llegar a mi piso.

Esa palabra se me quedó grabada. Tenía razón. Me había acomodado.

Con mis ahorros podría haber aguantado unos meses. ¿Pero y después? ¿Y si no encontraba trabajo? La incertidumbre me obligó a mirarme de frente y reconocer mis errores.

Tocaba enfocarse y surfear las olas. A las dos semanas de buscar —levantándome a las ocho y sin soltar el portátil hasta las cinco—, encontré trabajo.

No podía darme por rendido. Y no lo hice.

Y ese es solo un recuerdo de tantos. Las llamadas largas. Los consejos sin pedir. La sensación de tener a alguien que siempre escucha.

Gracias, chachos. Por estar ahí. Por ser ese ancla que siempre ha estado en Caravaca esperando.

Os quiero.


Anna-Lena

Y luego está ella. La que apareció cuando menos lo esperaba.

Nos conocimos en un bar de cervezas, entre desconocidos, una noche cualquiera.

Desde que te vi entrar, estuvimos hablando durante horas hasta que te tuviste que ir.

Luego empezamos a ir juntos al cine, a otros bares, a pasear. Y al final nos empezamos a ver casi a diario. Un año después decidimos vivir juntos.

En febrero de 2026 haremos ocho años. Ocho años construyendo algo juntos, día a día, sin prisas pero sin pausas.

Gracias por estar ahí. Por aguantarme. Por quererme como soy. Por ser mi hogar en Berlín.

Porque al final, eso es lo que importa: tener a alguien con quien compartir el camino.


Lo más importante

Once años dan para mucho. Para caer y levantarse. Para perderse y encontrarse. Para aprender que la vida es movimiento y que la clave está en saber surfear cada etapa.

Nadie dijo que fuera fácil. Y cuando no se puede más, pues a descansar de forma merecida.

El futuro es incierto, pero lo que sí es universal es que nuestra vida es finita. No hablo de vivir como si no hubiera mañana, sino de no olvidar que el tiempo avanza.

Hace diez años, en diciembre de 2015, decidí pasar la Navidad solo en Berlín. No tenía amigos entonces. No hice nada especial esos días.

Me sentía muy solo.

De ahí nacieron pensamientos oscuros que quedaron plasmados en «Ojos en un recuerdo». Ese año, 2016, fue bastante intenso. Me pasé enero escribiendo dos o cuatro horas casi cada día.

Creo que mi cuerpo y mi mente intentaban decirme algo. Necesitaban expresarse.

Qué alegría haber creado un libro. Otro proyecto más, otro de tantos ya realizados y de los que aún están por realizarse.

Pequeñas victorias que endulzan el esfuerzo.

Pero ninguna victoria tiene el mismo sabor si no hay con quien celebrarla.

Y vosotros sois ese alguien: Papá. Maricarmen. Juan. Jesús. Ángel. Lola. Cosme. Anica. Antonio. Chacho Cosme. Chacha Angustias. Y Anna-Lena.

Sois las ramas —y las raíces— de este árbol que sigo siendo.

La distancia física no disminuye el amor. Las pocas veces que nos vemos al año no reducen lo que significáis para mí.

Gracias por ser quienes sois. Gracias por seguir ahí. Gracias por perdonar cuando hubo que perdonar. Gracias por levantaros cada vez que la vida os tumbó.

Estoy orgulloso de pertenecer a esta familia.

Y aunque el tiempo pase y cada uno siga su camino, siempre seremos del mismo árbol. Mamá sigue aquí, en cada uno de nosotros.

Siempre seremos ramas buscando nuestro propio sol.

Con los ojos en un recuerdo, mirando hacia adelante.

Trabaja. Quiere. Sueña. Sonríe.

Pero juntos.

book-chapter

Atajos de Teclado

Movimiento vim hjkl

hArtículo anterior← left
jBajar↓ down
kSubir↑ up
lArtículo siguiente→ right
ggIr arriba
GIr al final
nSiguiente secciónnext heading
NSección anteriorprevious heading

Ir a g = go

ghIniciogo home
gbBloggo blog
grLecturasgo readings
gpTemasgo topics
geServiciosgo services
gaCharlasgo talks

Acciones

/Buscarvim search
yCopiar URLvim yank
dCambiar temadark mode
tMostrar/ocultar índicetable of contents
iCambiar idiomai18n
fSeguir enlacefollow link

General

?Mostrar ayuda
ShiftMantener para mostrar atajos
EscCerrar
:Terminalvim command mode